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Nuestras puertas de misericordia

Me vienen a la memoria con motivo de la inauguración del llamado “jubileo de la misericordia”. Aquel sábado se pusieron sus mejores galas, pero ya no recuerdo sus caras. El tiempo ha ido borrando el recuerdo, apagando sus rostros. Lo que no olvidaré eran sus ganas de reír, de saltar, de danzar… Algo tenía que ver todo aquello con las ganas de rehacer sus vidas. En algún momento encallaron sus futuros y ahora cuentan los días que les restan a la sombra. El próximo lunes a la tarde, si Dios quiere, iremos de nuevo a la prisión de Texiero. Queremos llevar algo del espíritu de la Navidad también intramuros. Volveremos a hacer teatro y a bailar con ellos. Ojalá esas sonrisas se vuelvan a encender, ojalá la música, la risa y la danza les inunde de su propia misericordia. "Misericordia” viene del latín “misere” (miseria, necesidad), “cor-cordis” (corazón) e “ia” (hacia los demás). Misericordia es tener un corazón solidario con quienes tienen necesidad, pero el corazón que se abre hacia afuera, también habría de saber girar hacia dentro. Hace bien el Papa Francisco al abrir las puertas de la misericordia. Al entreabrir el pasado 8 de Diciembre las puertas de San Juan de Letrán, seguramente quería también empujar un poco hacia dentro las puertas de nuestros corazones.

En nuestra primera visita a la prisión, en medio de la mañana de fiesta y de danza no se manifestaba en los rostros de los internos el rastro del error, no era fácil dar con la marca delatora. Quienes habían privado de vida a otros no danzaron con menos brío. No siempre es necesario que sumen las sentencias. Las puertas de nuestros corazones no deberían estar más blindadas que las de esos férreos muros. Tras esa primera visita a la prisión coruñesa, fuimos al bar con nuestro amigo de la ONG Agata. En aquella gélida y desierta taberna, nos fue desgranando la historia oculta, lo terrible agazapado. Nos fue detallando la vida pretérita de cada interno con el que estuvimos haciendo las danzas, cuándo y cómo se torcieron sus vidas, el peso que llevaba cada una de ellos y ellas a las espaldas.

El perdón más liberador es seguramente el que nos regalamos a nosotros mismos, con el primer paso de la música, de la danza del alma. Es el que surge con los primeros compases de nuestra naturaleza más divina. Viene acompañado de las ganas incontenidas de hacerlo de otra forma. Las puertas de la misericordia no las abre seguramente ni el mismo Dios, ni el mismo Papa, por grande que sea éste que ahora tenemos. Tienen otros cometidos más importantes. A lo sumo engrasan nuestros goznes. Las puertas las abriríamos nosotros mismos, cuando nuestro alma despierta y aflora, cuando nos gana esa vida de servicio, de entrega al prójimo, capaz de acallar el propio dolor por la deuda en el pasado contraída.

Nuestro mayor “delito” puede ser el mantenernos a la espera de que alguien nos abra las puertas desde fuera. Quizás olvidamos demasiado a menudo que esas puertas de misericordia siempre están abiertas para quien en verdad desea traspasarlas y asumir las consecuencias. Quizás nuestro mayor delito es el de no empujar con la suficiente fuerza y convencimiento las puertas del perdón para con nosotros mismos.

Sin ir mucho más lejos, ¿este alumbramiento de artículos que trato de cargar de fe y de esperanza, no tendrá también que ver con un intento de poner las cuentas a cero? Sigo escribiendo a la luz de la luna, las palabras de ideales y valores que aún no alcancé a encarnar. ¿Este afán de teclear de noche y de día, no será a la postre un anhelo de que se abran también para quien suscribe las puertas de esa misericordia? ¿Ese poner el GPS en dirección de Teixeiro, no será un deseo de alcanzar, pese a todo, ese año, ese tiempo de particular jubileo?

Arteixo 17 de Diciembre de 2016

http//www.artegoxo.org

 
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