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Su recuerdo, armadura

Era un terreno de nada y de nadie. Ignorante de él, debió pensar que nada, ni nadie le veía. Dios sabe que sólo fue una noche entre cientos de noches, pero esa noche cayó, perdió lo ganado. Estaba sólo en mitad del bosque inmenso. Como de costumbre había acabado tarde sus tareas. Debía haber dado a "apagar equipo" y sin embargo a saber quién dentro de él le dijo que se merecía una recompensa, un regalo de última hora. No se sabe qué voz inmunda, falsa, impostada, le invitaba adentrarse donde no debía. La sangre le empezó a hervir y la mano a temblar. La soledad linda a un lado con la gloria y al otro con el averno. Para cuando se dio cuenta ya estaba dentro, y ya de allí era difícil salir.

Sí, buscar la belleza superior sí, pero sin necesidad de visitar a esas señoras que aparecen en la pantalla como Dios las trajo al mundo y que se acoplan sin amor, como si batallaran. Durante casi una hora permaneció el alma callada, ajena amordazada, mientras que el alter ego se hundía en el lodazal. Cerraba, pero una fuerza incontrolable le obligaba a volver a entrar. Permaneció todo ese tiempo exiliado de sí, con la comunicación cortada con su Ser, atendiendo sólo a la dictadura del deseo, regodeándose en las escenas. Temblaba el ratón y él no era nadie, sólo un pelele al albur del ímpetu de un deseo ardiente.

El Sol tuvo la osadía de levantarse a la mañana siguiente. Sin embargo a él la Tierra no le tragaba, le devolvía a la vida y a los mismos e imposibles desafíos. Una nueva jornada arrancaba, a pesar de que él me sentía trapo, impotente ante el poder desmedido del propio deseo. No tardó sin embargo el rescate. He ahí que al cabo de las pocas noches, no supo cómo, ni por dónde apareció Ella en un sueño que jamás olvidaría. En realidad fue tan sólo un instante, un fogonazo de luz. Era una emisaria de Ella, Isis, la Madre de las Madres, la Madre Divina, la Reina de la Pureza. No entendía cómo perdía el tiempo con él, si había sido derrotado, si la impureza le pudo. El general del ejército más aguerrido no tendría el poder de aquella mirada.

-¿Qué haces ahí? ¿Qué haces así?

Aquello fue como una orden. Su recuerdo sería el mayor antídoto ante la tentación, invitación a la firmeza para que en su pantalla permaneciera siempre llena de claridad, para que jamás clicqueara fuera de lo bello y luminoso. Su evocación fue la mejor armadura. Quiso compartir aquella luz. De nuevo sus manos temblaban. Era ya otra Fuerza la que de él se adueñaba. Con incontrolada emoción redactó en su diario:

“Comparto porque estamos llegando, saliendo de nuestros propios lodazales. Estamos aquí los que quieren honrar a Ella, nuestra Madre protectora. Comparto para apoyarnos unos a otros, para intentar contagiar fuerza y coraje a quienes también libran la decisiva batalla contra sí mismos, contra nuestras propias noches clickeando y hurgando donde no debiéramos, donde nunca encontraremos Su Mirada. Comparto con quienes saben que cada instante es bendito y que nos debemos a ese instante ganado y sagrado, nunca al perdido en el propio y exclusivo placer.

Comparto porque estamos volviendo los nuevos hombres, los que se buscan en su esencia de interior fortaleza; comparto porque queremos ser dignos de esta hora, dignos del servicio a esta humanidad necesitada. Comparto porque no tengo duda alguna de que la Madre silenciosa, paciente nos aguarda a cada uno.

Nunca la tentación estuvo tan cerca, tan poderosa. Un leve movimiento de dedo, un imperceptible “click” nos conduce a la derrota. Cada quien sabe de su ofrenda. Obedecemos una orden tan silente, como imperiosa, una orden que haría mofarse a la inmensa mayoría de los humanos. El placer propio es un placer sin futuro. No nos importa ser “hazmereír”. Aguardamos Su mirada, que vale por todos los efímeros y fugaces placeres. A Ella atendemos, a Ella y al mundo urgido nos debemos. A Ella entregamos nuestra armas, nuestra fuerza, nuestro anhelo. Con el lodo hasta las rodillas, sólo buscamos la Gloria de Su Mirada. Somos los que recogeremos las rosas blancas de la pureza entre el rocío de una mañana, de un nuevo Sol que también está llegando. La nueva masculinidad no consiste en quedarnos desarmados, no es partir la lanza, sino saber dónde ha de ir dirigida, es decir al centro de nuestro ego canalla.

Comparto porque de esto no se habla por ningún lado, porque el Cielo nos necesita fuertes en este tiempo de graduación y de prueba. Somos los que hemos caído y nos hemos vuelto a levantar, los que nunca podrán olvidar la mirada de Ella, Bendita, Divina Señora que nos reclama total entrega, total pureza.”

Arteixo 1 de Diciembre de 2015
http://www.Artegoxo.org

 
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