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Pray for Paris, pray for the world, pray also for the terrorists…

Al igual que las guerras, el terrorismo tenía también su enseñanza escondida en medio del estruendo. El dolor cosecha ya su debida recompensa en forma de conciencias despertadas o aumentadas. Los más elevados anhelos se desatan por doquier. Nunca han llegado a mi teléfono, a mi ordenador tantas invitaciones a convergencias de oración y meditación colectivas. Los atentados, la ola de violencia promovida por los fundamentalistas, el momento convulso en el que colectivamente nos hallamos, nos sitúan, a pesar de su dolor inherente, cerca de un punto trascendente, seguramente iniciático. La puerta de esa iniciación colectiva, global, planetaria será una vez más el perdón y la compasión.

Seguir odiando o acabar perdonando. El humano no tiene otra opción. Hasta ahora nunca hemos estado en mejores condiciones como para abrazar la opción del futuro y de la esperanza. Vivimos una hora difícil, pero única en la que por fin podemos hacer virar nuestra historia. La reacción tan serena, aunada y civilizada a los atentados de París por parte de su misma población, nos demuestra que ello es por primera vez posible.

Al odio podemos responder con más odio o con compasión. Si respondemos de similar forma, si nos ceñimos sin más a la dinámica de represión tras la acción, perpetuaremos la historia y su aparentemente inacabable escalada de la violencia. Sin embargo aquí y ahora podemos salir de esa historia, de hecho estamos saliendo de ese difícil pasado. La reacción positiva, valiente a los recientes atentados, lo demuestran. La respuesta masiva, desprovista de odio, certifica que estamos dando un salto y nos estamos colocando en otro punto de nuestra evolución colectiva.

En el terrorista podemos descargar toda nuestra inquina o verdaderamente compadecernos de él. Se manifiesta con valentonado estruendo, pero en realidad es sólo un tremendo ignorante. Es sólo un títere de una oscuridad también envalentonada, pero con sus días contados. Se agota el petróleo físico y figurado que la alimentaba. El extremista desconoce la gravedad que implica atentar contra la vida de sus hermanos. No sabe que la "guerra santa" es contra su propia furia, va por dentro. Él cree que en los cielos le espera la gloria por haber muerto en la Yihad, por haberse llevado por delante a no se sabe cuántos "infieles"... En realidad la ley del karma será con él implacable. Él ha de padecer el dolor y daño que ha querido causar a otros y eso lo será por mucho tiempo, hasta que comience a reparar en la barbaridad que ha cometido. En realidad ése es el ser que más nos necesita, el que más urgido está de nuestra oración, de nuestro sentimiento de compasión.

Sí, oremos por quienes padecen en cualquier rincón de nuestro ancho mundo, oremos por supuesto por París, pero oremos también por quienes quisieron acabar con su luz, con sus terrazas, con sus restaurantes, con su ocio y libertad a golpe de bomba y metralla; oremos por quienes más lo necesitan, por esos seres cuya alma apenas ha aflorado, cuyo espíritu carece de la fuerza suficiente para frenarles en su furia descontrolada, en sus actos salvajes.

Por el contrario, quienes han padecido los atentados se han aligerado, cada cuál en su particular medida, de la carga kármica que pudieran llevar a sus espaldas. Gozarán, si así es de ley, de su debido descanso en las moradas de la luz y el amor. Son sus familiares y amigos los que también necesitaran socorro y ayuda, los que urgirán del consuelo de saber que la muerte no existe y que los lazos de amor perduran por la eternidad.

Arteixo 17 de Noviembre de 2015
http://www.Artegoxo.org

 
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