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Compartir privilegio

Cuando era mozo viajé en dos ocasiones haciendo auto-stop hasta el paraíso suizo. Después de atravesar la ancha Francia, de sufrir las inclemencias del ruido y el humo al borde de carreteras y autopistas, después de echar el saco de dormir una y otra vez no lejos de la cuneta, era un goce llegar a aquella geografía de cuento. Guardo muy buen recuerdo de ambas aventuras, la primera para visitar a unas amigas que vendimiaban, la segunda para un encuentro internacional de Yoga en la pequeña localidad alpina de Signal. Nunca había conocido nada igual. No sospechaba que, a pie de soberbia montaña, naturaleza y civilización unidas escondieran tanta maravilla. Aquellos entrañables pueblos de altura, limpios y bellos con cuidados jardines por todas partes, aquellas grandes balconadas desbordadas de flores, se quedaron grabados para siempre en mi joven retina.

Desde entonces, en mi interior, Suiza siempre significó cercanía de paraíso, el lugar más grato para vivir en la tierra. Su añadida y particular significación como enclave de paz, encuentro y negociación lo corroboraba. Suiza es hoy sin embargo un privilegio cada vez más acorazado. Las últimas y recientes elecciones así lo han demostrado. La mayoritaria opción conservadora significa que los suizos desean cerrar aún un poco más la puerta a esas flores, a esos jardines, a ese paraíso. La victoria de la derecha populista y antiinmigración representa otra vuelta de llave al cerrojo nacional. Pero este artículo no versa sobre política, sobre sus marcas y colores, sino sobre la anchura de nuestros corazones, sobre la necesidad de que bombeen generosos en medio de estos tiempos convulsos de graduación y prueba. Compartir o acorazar paraíso, he ahí el dilema con el que se encuentran en realidad no sólo los suizos, sino todos los ciudadanos de prósperas geografías. Levantar murallas al privilegio o permitir un flujo regulado, ordenado de inmigrantes. Las carreteras de los Balcanes colmadas de refugiados han decantado a muchos europeos por el blindaje de las fronteras.

Vinimos a la tierra para hacer de ella un paraíso sin fronteras, ni muros, ni aduanas y sin embargo la cuarteamos con todas las excusas, ya nacionales, ya religiosas, ya económicas o de privilegio… Cada vez somos más para disfrutar de unos jardines que no se han ensanchado. Nos podemos llenar la boca de bellas palabras solidarias, clamar por un mundo abierto, por la acogida generosa, pero ahora ya no es tiempo de mera retórica, sino de real altruismo. En vísperas del invierno, columnas de miles de refugiados de África, de Oriente próximo o lejano llaman ya a las puertas de nuestros hogares y hemos de decidir si finalmente les vamos a abrir esas puertas o dejarles fuera ; si les vamos a permitir que pasen hasta nuestro fuego y moqueta o por el contrario contemplaremos impasibles, bien en el cristal de la ventana, bien en la pantalla del televisor, cómo tiritan familias enteras.

Dicen las enseñanzas ocultas que el más sublime paraíso en la tierra, apenas es un pálido reflejo de una sublime e indescriptible belleza en los Cielos o Devachán. Dicen que esa gloria sólo se alcanza con la entrega y la donación en el más acá. Sin embargo aquí cercamos nuestros jardines pensando que sólo nos pertenecen a nosotros, que no caducan, que son para siempre. Deberíamos más a menudo recordarnos que al más allá no podremos ir cargados con nuestras balconadas y flores. Lo único que nos llevaremos será la acogida prestada, el solidario abrazo consumado.

Cercar nuestro privilegio es comenzar a olvidarnos de nuestro elevado cometido aquí en la tierra. Más ceder, más abrir, más compartir es más afinarnos con el sentido último de la existencia humana en esta morada física. La tierra puede volver a ser un edén. Lo será cuando hayamos alcanzado un cierto nivel de ser o lo que es lo mismo de fraterna conciencia; entonces nuestra belleza de dentro se desbordará por fuera. Podemos hacer de la tierra por lo tanto ese Reino de colectivo y generalizado disfrute, pero más allá de estos jardines que a la larga acaban marchitando, no perdamos de vista aquéllos de color y brillo eternos, aquéllos que nunca caducan. Hasta allí nunca llegaremos sacando el dedo al borde de la carretera, hasta allí sólo se llega en aleteo, en vuelo que arranca en el preciso instante en que nos olvidamos de nosotros mismos.

Arteixo 20 de Octubre de 2015
http://www.Artegoxo.org

 
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