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La chabola

Decían por ahí que lo pequeño también era hermoso. A veces hay que dimensionar los sueños; conformarse con lo sencillo, una casita rodeada de verde, unos manzanos, un peral, un castaño... Tenemos también dos perros entrañables, que por lo visto molían a palos por la zona y que no se despegan de casa. No en vano, algunas mañanas humea un arroz caliente, con algún trozo de lomo y pan viejo, junto a la puerta.

En realidad es una “chabola”, así la denominan los vecinos. Sólo son dos habitaciones cocina y baño, pero estamos rodeados de tierra por todas partes. El ruido del mundo apenas se escucha y el monitor destella ya junto a la ventana. Una vida rebosante de clorofila llama a los cristales. De un profundo pozo obtenemos el agua. Estamos en territorio libre de cemento y eucaliptus. Somos exigentes sobre todo con la paz, el silencio y el contacto con la Madre Tierra. A partir de ahí no pedimos mucho más.

A veces hay que conformarse con lo que la vida te ofrece y no forzarla. Aceptar, rendirse y girar una nueva manilla sin derrota, con agradecimiento. A veces hay que conformarse con un rincón junto una pequeña ventana, desde donde teclear y contagiar esperanza al mundo. Sí, debimos recortar un poco los sueños. Quizás exceso de orgullo, quizás las aspiraciones comunitarias eran muy ambiciosas, quizás no estábamos preparados... El caso es que Cielo nos empujó a esta casita azul, sencilla, pequeña, sumamente austera. No renunciamos a volver a intentar eso de compartir vida con más hermanos, pero por ahora la acogida es sólo de gatos y perros, Linda y Moreno son los dos canes inseparables que hemos adoptado; por ahora recogemos leña seca para encender aquí un pequeño fuego. No ha sucumbido en nuestro interior el anhelo de vida en comunidad, pero aún no debíamos estar a la altura, porque una y otra vez hicimos las maletas y en el último momento se imponía la renuncia.

Tras todo el trajín del verano y de la mudanza, gozo de nuevo junto a la ventana, mientras unos dedos ávidos acarician el teclado. En realidad todas las ventanas del mundo son maravillosas, si al otro lado está la Creación, si su silencio nos embarga y permite conectar con el Supremo Hacedor, con el Infinito Misterio. Veo ya caminar y desembarcar aquí las las letras del mañana. ¡Ojalá sean para Su Gloria, ojalá sin excepción en Su Nombre! Yo sé que aquí puedo escribir cosas bellas, no por especial mérito mío, sino porque aquí todo alrededor es armonía, belleza y buena compañía.

De seguro que los devas y elementales revolotean a placer en estos lugares puros, apartados del ruido y el trajín. Nada de lujos, nada del confort de la casona anterior, pero seguramente, gracias a Dios, no necesitamos mucho más. La conexión 4G y el alcantarillado, como antes Dios mandaba, pueden aún esperar. Las ramas rebosan frutos y la tierra es fértil y suelta. El suelo está sembrado de manzanas dulces y agrias. De vez en cuando entre la maleza brillan también los membrillos recién caídos.

Me vienen a la mente las humildes casitas de los esenios en Galilea, pienso en lo reducido de la caravana del Maestro Omraam durante muchos años en el Sur de Francia... Al final nos hemos creído nosotros también lo de la vida sencilla. Igualmente cierto que la necesidad enseña y hasta obliga. Una vida austera puede ser también una vida, por un lado más solidaria con los que poquito o nada tienen, por otro lado también más centrada en lo que verdaderamente importa y cuenta. Tratamos de aceptar de buen grado lo que el Presente nos depara. En el verano, si Dios quiere, volveremos para Navarra. Allí aguarda otra suerte de verde, de paisaje más arañado por el trigo y los cereales secos. Desde aquí, desde esta casita entre el espeso follaje, con este manoseado teclado, con las actividades que en breve programaremos, deseamos ser útiles al mundo. ¡Dios lo quiera!

El mar sacude en la lejanía. En la próxima luna bajaremos a recoger estrellas y conversar con las sirenas. Hay que llenar también las garrafas de agua salada. Estamos cerquita de Larín, municipio de Arteixo, provincia de Coruña. Nuestros viejos muebles ya se acomodaron e hicieron al lugar nuevo, las grandes telarañas ya fueron cayendo, los mimbres rebosan de otoño y sus frutos... La chabola no da mucho de sí, pero siempre seréis bienvenidos/as. En cuanto terminemos de acondicionarla y pintarla, tocaremos una suave campana...

http://www.Artegoxo.org
Arteixo 21 de Septiembre de 2015

 
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