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Nunca estamos solos

Hay más presencia de la que constatan nuestros torpes ojos de la carne. Hay más vida de lo que conocemos por vida. La lágrima se desliza a menudo inconsciente a través de la mejilla ya mojada. El sentimiento de la soledad no casa con la magia infinita de la existencia, va ligado a la negación de la trascendencia; es un desmentido de toda esa poblada y variada compañía que no podemos constatar con nuestros sentidos físicos. El sentimiento de soledad es limitarnos a quienes vemos, reducir el mundo a su más constreñida expresión. Afirmarnos en la soledad es dar la espalda a toda la vida que cada mañana llama a nuestra puerta. El pensamiento es poderoso. Nosotros optamos por la compañía con la que nos queremos quedar. Podemos reducir o ensanchar nuestra círculo a voluntad. Podemos vivir la familia extendida cuyos vínculos pueden ser aún más poderosos que los de la propia carne, o podemos limitar la familia a esos lazos de sangre. No estamos en condiciones para definir con precisión el alcance de esa familia extendida, pero bien podría llegar a todos los seres que en los planos visibles o invisibles pujan por el bien y el progreso de lo colectivo.

No, nunca estamos solos aunque los seres más queridos estén ausentes o hayan dejado su cuerpo; no estamos solos aunque a nuestro alrededor no encontremos a nadie. La soledad es un opción, pues siempre podemos sentirnos acompañados, por supuesto de los seres queridos que partieron, pero también de las presencias celestiales que velan por nosotros y nos acompañan, también de nuestra Real Presencia más íntima y que las diferentes tradiciones llaman por distintos nombres.

No, nunca estamos solos si nuestro interior abriga el noble anhelo de la hermandad. La hermandad no es tanto una relación física como un estado del alma. El sentimiento de comunión con la Vida y con quienes en todo momento la promueven, la renuevan, la ensalzan, la garantizan…, es la asignatura pendiente del moderno humano. Los Reinos son con nosotros, si nosotros los sentimos y hacemos nuestros. Los Reinos denominados inferiores, por supuesto también los superiores que de forma más consciente optan por tutelarnos y acompañarnos.

Podemos caminar la Madre Naturaleza sintiéndonos parte o por el contrario ajenos a ella. Podemos sentir y amar la roca, el árbol, el animal y vivir su compañía cercana y hacernos uno con ellos. Podemos saludarles, hablarles, acariciarles, podemos comunicarnos, apurar intensamente esa unión interna o considerarlos como algo ajeno. En ese caso perderemos la dicha de la fraternidad que supera los límites culturalmente establecidos. La sensación de enajenamiento con respecto al Reino mineral, vegetal y animal que ha regido nuestras civilización occidental durante demasiadas centurias y que se ha venido acompañada de una actitud de conquista y explotación para nuestro propio beneficio económico, tiende ya felizmente a ceder.

No estamos solos desde el momento en que abrigamos un ideal que nos sobrepasa, de que dibujamos una bella y noble meta para alcanzar con el concurso de otros humanos; desde el momento en que adquirimos una conciencia planetaria que supera los límites emocionales en los que estábamos insertos. No estamos solos desde el instante en que nos sentimos parte de una condición humana que puja por avanzar, por evolucionar, por alcanzar más altas cotas de virtud.

Los seres más evolucionados también son con nosotros en la medida que nosotros somos con Ellos y con la evolución que ellos alientan, en la medida que nos sumamos a ese Plan divino de amor y de vida, a esa Trama superior que por supuesto nos desborda. Esos seres pueden ser ya de la corriente angélica, cuya superior expresión serían los grandes devas o arcángeles o de la corriente humana cuya superior expresión sería la maestría, el adeptado, el Reino constituido por las Grandes Almas o Hermanos Mayores.

No, nunca estamos solos. Si así nos sentimos es porque así hemos optado. Nunca está solo el que suma a la Vida, el que camina con respeto, el que habla con conciencia, el que ama con ternura. Nunca esta solo quien se emociona con la belleza, quien sonríe a cada mañana, quien siente la dicha de la comunión con toda la creación, quien vive con el agradecimiento en la punta de su labios.

No, no estamos solos aunque nuestros seres queridos no estén ya revestidos de forma física, porque cada noche nosotros también volamos a su mundo y nos encontramos con ellos y de día al amanecer nosotros nos podemos unir a ellos en lo interno y compartir nuestras cuitas y revelarles nuestros superiores anhelos. Alguien quiso engañarnos con eso de la soledad y la muerte, pero ha llegado tarde para vendernos lo que no se puede vender, lo que no existe. A cada instante decidimos nuestra compañía. Somos los dueños de nuestros destinos. A nada que nos esmeremos en generosidad, altruismo y pureza, seremos también los que decidimos Quienes nos acompañan en este tan apasionante como infinito Sendero de crecimiento y ascensión. ¡Vamos juntos compañero/a!

Del libro en confección "Sólo un hasta luego"
http://www.artegoxo.org

 
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